jueves, 13 de enero de 2011

LAS CIUDADES ESDRÚJULAS (1)


Es probable que pase algún tiempo hasta que las Administraciones Públicas den respuesta a las nuevas exigencias que impone el patrimonio esdrújulo. Deben ponerse en marcha paulatinamente los mecanismos que lo hagan posible. Hasta entonces no nos queda más remedio que sacar a la luz los debates que en toda la ciudad está propiciando la necesidad de un nuevo planteamiento con respecto a este otro patrimonio.
En primer lugar es importante recordar algunos de los errores cometidos con anterioridad y que siguen siendo un vivo ejemplo de lo que estamos diciendo. Por ejemplo, si preguntamos en el barrio de La Isleta, a personas mayores de treinta años, son muchos/as los/as que recordarán con pena la destrucción de las últimas casas de madera que se encontraban en el interior de la trama del barrio. O si preguntáramos, en diferentes partes de la ciudad, por los viejos cines de barrio, el sentimiento de los ciudadanos sería también de magua ante las pérdidas de imágenes y vivencias de la infancia. El patrimonio esdrújulo no tiene nada que ver con la calidad arquitectónica o urbana de los edificios, sino con la calidad simbólica que le damos los ciudadanos a través de la memoria colectiva.
El caso que hoy nos ocupa es el de la próxima destrucción por parte del Ayuntamiento de las Casas de Mata, muy próximas a la fortaleza del mismo nombre. Celebrando lógicamente esta intervención, que permitirá entregar una vivienda nueva a las familias que viven precariamente en esas casas, no estamos en absoluto de acuerdo con el derribo de las mismas. Este pequeño conjunto de casas es para nosotros una de las postales más características de la ciudad y un icono irremplazable. Tras la operación principal que consiste en trasladar a las familias a una vivienda digna (cuestión esta que no debe demorarse ni un día más) el Ayuntamiento ha decidido la demolición de las casas para convertir el lugar en un parque. Como sucedía con las casas de madera de La Isleta, los edificios no tienen protección como patrimonio arquitectónico, ni tampoco etnográfico, pero, al contrario de La Isleta, en este caso no hay ningún interés económico que busque rentabilizar el valor del suelo o establecer un uso incompatible con la existencia de dichos edificios. O sea, su demolición se puede evitar.
Los cines de nuestra ciudad desaparecieron porque no fuimos capaces de crear un uso alternativo que permitiera su superviviencia frente a la especulación y el dinero fácil del uso residencial o de oficinas. En este caso son muchos los nuevos usos a los que pueden ser destinados dichos edificios y además, la mayoría de los que se nos ocurren son usos económicamente rentables para la ciudad y para su tejido comercial y de ocio.
Desde Arquypiélago proponemos que, dada la importancia de esta imagen de la ciudad, se abra un debate público en el que se presente el proyecto previsto para este entorno y se permita intervenir a la ciudadanía en su desarrollo. Como hemos dicho, el valor del patrimonio esdrújulo reside en lo simbólico, frente a otros valores más técnicos o artísticos vinculados a la imagen urbana o a la tipología arquitectónica. Por lo tanto la decisión sobre el futuro de dichos edificios debería ser también de los vecinos, al menos de los barrios más cercanos de San Antonio y El Polvorín.
Ahora que se anuncia la culminación del proyecto de reposición de las vivienda de El Polvorín, una actuación como la que proponemos permitiría acercar la ciudad baja a dicho barrio y por extención, al parque de Las Rehoyas.
Por último, la candidatura a Capital Europea de La Cultura es un nuevo argumento que añadir a todo lo anterior. Debemos tratar de incorporar nuestro patrimonio cultural a la actividad económica y a la regeneración del tejido productivo de la ciudad. El paseo de los artesanos estaría arbolado, ocupando la mitad de la actual vía, y nos llevaría desde la Fortaleza de Mata hasta el parque de Las Rehoyas. En su recorrido nos sentaríamos a tomar algo en las terrazas al aire libre, veriamos a los artesanos trabajando en sus talleres y compraríamos objetos originales en pequeñas tiendas.
Esas pequeñas edificaciones de colores son un tesoro del que una ciudad como la nuestra no se puede permitir el lujo de prescindir.
(Fotografía del blog de Berti13)

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