LAS CIUDADES ESDRÚJULAS (2)


En Arquypiélago nos hemos dado a la tarea de clasificar las ciudades por sus diferentes acentos. Concretamente buscábamos aquellas ciudades que pudieran ser consideradas Esdrújulas. ¿Por qué esdrújulas y por qué las esdrújulas? Son preguntas que también a nosotros nos asaltaron al inicio, pero ya ni siquiera pretendemos tener una respuesta para ellas. Tal vez sea que hay menos ciudades esdrújulas que llanas o agudas. Tal vez nos atrae la complejidad añadida que entraña ser esdrújulo –así como ser zurdo– ¡Cosas de minorías!
Además nos tocaba desvelar si era posible convertirse en ciudad esdrújula o eso era algo que cada ciudad arrastraba consigo desde su fundación. Por ejemplo, sabemos que Montevideo es una ciudad esdrújula desde su origen.
Las ciudades llanas, que son la inmensa mayoría (como las palabras en latín), tienen el enorme potencial de lo cotidiano, del sentido común, de las mayorías. Son ciudades bicéfalas, como Budapest, Berlín o Tegucigalpa. Casi siempre un río, un suceso histórico, una actividad predominante, las ha dividido en dos. Son ciudades activas, dinámicas, lógicas, normales. No presentan un cuadro clínico especialmente interesante. Tienen ríos, museos, bibliotecas, coches, semáforos, etc.
Las ciudades agudas tomaron la iniciativa a finales del siglo pasado. Entonces se pensaba que grandes operaciones urbanas podían posicionarlas mejor en el tablero de juego global. Aunque esto había sucedido en todas las culturas a lo largo de la historia, fue a partir de la segunda mitad del Siglo XX cuando en todo el mundo proliferaron las ciudades con marcas, distintivos, emblemas. Con más o menos acierto, un gran museo, una Olimpiada, una Exposición Universal, las convertían, por un instante, en centros neurálgicos de una región o un país. Para el turismo de masas, esas ciudades eran objetos de consumo. O sea, en tres días daba tiempo de ver esto o aquello. En una semana más. En un mes mucho más. Ciudades como París, Londres, Barcelona, fueron, son y serán sedes de todas las celebraciones o eventos que les impone el ritmo de lo agudo.
Las ciudades esdrújulas están alejadas de los grandes circuitos turísticos. Casi siempre ensombrecidas por una ciudad aguda próxima. Así Torino o Lisboa son ciudades que no se ven encasilladas o eclipsadas por sus propios museos o monumentos. No han caído en la tentación de satisfacer el apetito del turista ofertándole subterfugios que sustituyan a la propia ciudad. Aunque esto sea una pretensión fácil de sus equipos de gobierno en cada época, a nadie se le ocurriría ir a Lisboa exclusivamente para ver la Fundación Gulbenkian o los alrededores de Belem.
Hay ciudades esdrújulas como Granada que han sabido sobreponerse a una agudización de su estado, provocada en parte por la imponente presencia de la Alhambra y del Albaicín. No todas las ciudades que tengan grandes monumentos son ciudades agudas. Tampoco lo son todas aquellas ciudades que han sido sedes de una Olimpiada o de una Exposición Universal. No concebimos a Montreal más que como una ciudad esdrújula, por mucho que haya sido la sede de todo. Bastante frío deben pasar –y en todos los sentidos– como para ausentarse del universo esdrújulo.
Si las ciudades agudas y llanas son de recuerdo fácil, en forma de souvenir o postal, las ciudades esdrújulas siempre han sido más difíciles de vender, de simplificar. Nuestra recomendación, para estas últimas, es que se sienten a comer pipas en cualquier calle o plaza y dejen, por una vez, que sea la ciudad la que pase por ustedes. Compren el pan en la tienda de la esquina, lean el periódico local, pierdan el rumbo y también la orientación. En definitiva, aprovechen para aburrirse y también para hacer el ridículo, pues, como bien decía Pessoa “todas las palabras esdrújulas, como los sentimientos esdrújulos, son naturalmente ridículas”